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¡Cómo no enamorarse del barrio si por aquí entran las nubes!

En las relaciones sentimentales se dice que el amor puede llegar a primera vista y en esa primera impresión también se descubren detalles. Jorge Estrella es un apasionado de volar drones, vive en la González y está enamorado del barrio.

«Los drones permiten ver la ciudad desde otra perspectiva y eso ayuda a entenderla de otra forma», dice Jorge; como un preámbulo genérico de su declaración de amor. «Lo que más me gusta de la González Suárez —y no solo porque sea mi barrio sino por la cuestión fotográfica— es que está al pie de una montaña».

La ubicación del sector hace, a los ojos del joven médico, una imagen única. Y la describe como un contraste de modernidad y naturaleza. «Si uno se fija, puede ver como en las mañanas las nubes entrar por el barrio».

El cielo acaricia a la ciudad

La av. González Suárez. Foto cortesía Jorge Estrella.

Jorge Estrella se irá pronto a España. Se va porque debe dar un examen de posgrado en medicina que le permitirá realizar una especialidad y seguir con su carrera.

Volar drones se ha convertido en una suerte de ejercicio de relajación para Jorge. La pandemia provocada por el coronavirus hizo que sus días se ocupen a ayudar a los enfermos con Covid-19. Hace telemedicina con ellos y les explica que tener el virus no es sinónimo de estar hospitalizado y optó por ayudar a quienes no deben ir a un centro de salud.

Ha atendido entre 350 y 400 pacientes desde el inicio de la pandemia. Notó un incremento de pacientes luego de dos semanas de Navidad y Año Nuevo. A su trabajo profesional se suman sus estudios y por eso sacar un dron al cielo es una forma de desfogue, de enamorarse más del cielo de Quito. Vuela desde la terraza de su edificio, cerca de la Plaza Churchill.

Antes de irse de la ciudad saldrá a fotografiar la ciudad. A registrar esas imágenes, cuyo pie de foto él escribía: «donde el cielo acaricia un poco a la ciudad».

Los sabios del amor predican que el corazón no entiende lo que la razón comprende. A Jorge le hizo ver en una perspectiva distinta unas imágenes del confinamiento: el barrio vacío, la ciudad desolada. «Me impactó muchísimo. Me hizo pensar que antes uno daba las cosas por sentado, es decir que se podía salir… y ya no era así. Tuve que poner todo en perspectiva todo y me sorprendió; y me llevo como lección».

Ahora Jorge es feliz transmitiendo esos contrastes urbanos. Cuando está volando su dron explora los paisajes antes de inmortalizarlos; es como si estuviera en un juego de caricias antes de un beso.

«En el afán de buscar un ángulo distinto o ver las cosas desde otra perspectiva, pues uno se enamora y pierde la noción del tiempo o del espacio porque ver todo desde las alturas cambia la perspectiva del barrio».

Los detalles del (des) amor

La González Suárez vista de norte a sur. Foto cortesía: Jorge Estrella

La ilusión del amor se quiebra —a veces— al descubrir particularidades. En los días despejados Jorge, con la visión del dron, ha desnudado la contaminación de Quito. «Hay una nube de smog que cubre la ciudad.

Esa realidad no enamora al explorador de cielos. Le da pena por ser el lugar en el que vive y ve que el incremento del tráfico vehicular en las calles, de alguna manera, también está afectando al cielo.

«Incluso en la avenida González Suárez, en las horas de más circulación vehicular, se ve (desde arriba) a las personas recelosas de cruzar», dice el médico.

El amor es imperfecto como casi todo en la vida. Tal vez el secreto es cambiar las perspectivas, como lo hace Jorge con su dron, y dejarse atrapar sin muchas preguntas. O tal vez no existen secretos para lo bueno y malo, solo se deben seguir a los sentimientos.

Jorge Estrella seguirá el suyo: ser médico. El 27 de marzo rendirá el Examen MIR. Se presentarán 13 000 médicos de España y otras partes del mundo. Los galenos, según las notas que obtengan, pueden elegir una especialidad y hospital. Él lleva un año dos meses preparándose para hacer Oftalmología en Madrid, que es su sueño.

Si lo logra este objetivo, se alejará de los amaneceres y atardeceres por unos 5 años. «Eso no se puede ver en otras ciudades, por más que sean ciudades europeas», recalca Jorge de 27 años de edad.

Yo siempre he tenido este sueño de ir a especializarme y con todo lo aprendido, devolver al país lo que me ha dado. Mi sueño es regresar al país y ser el mejor en lo que haga, no tanto por el ego, sino para que la gente pueda recibir la ayuda y el tratamiento que necesita.


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Escrito por Marcos Vaca

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