Copiar en clases es un ritual universal

2,586 vistas totales, 2 en el día de hoy

La polla o acordeón es muy común. Foto: assets.zocalo.mx

Por Alina Manrique

Confieso que he copiado en más de un examen. ¿Están seguros de que ustedes no lo han hecho? No recuerdo escenas exactas, pero tengo la certeza de que me han susurrado más de una respuesta y yo he dejado que alguien vea las mías.

Gracias a eso, mi mejor amiga y compañera de la universidad diagnosticó que soy pésima leyendo labios, porque siempre fui de las que se resignan a entregar el papel en blanco; no por exceso de moral, sino por falta de talento para ejecutar el ritual de la copia.

Esta semana observé a casi 200 estudiantes universitarios, divididos en seis grupos, enfrentarse a ese papel que nos desnuda a todos: el examen. Los vi arrastrar los pies al entrar al aula, elegir los asientos que estaban más lejos de mí, leer papelitos que apretaban entre las manos y repetir, hasta el último segundo y como un mantra, las letras que veían en su celular.

 A la voz de guarden todo, siempre llegaba la súplica de alguno que se sentía condenado a muerte: “califique con corazón de madre, miss”. Al primer contacto con la hoja, gestos de dolor y asombro… como si presenciaran el choque inminente de dos camiones a 120 kilómetros por hora.

El silencio en la clase

Los machetes, como llaman en Argentina a los papelitos que les había perdido guardar, se asomaban por los bolsillos de mochilas abiertas, convenientemente ubicadas en el piso. De pronto había silencio en la clase, pero muchos aprovechaban el ruido de un ventilador oxidado en una universidad de Guayaquil para estirarse a leerlos sin que el pupitre se moviera.

Cuando se sentían descubiertos, ponían los ojos en blanco como si la pupila hubiese escapado a buscar las respuestas a no sé cuál cajón del cerebro. Las chicas mantenían la cabeza de un modo tan antinatural que la cabellera les tapaba los labios y vi más de un cable blanco de algún audífono saludando bajo el suéter de capucha. Machete multimedia

 Cuando la profesora sabe lo que están haciendo resulta inútil golpear el bolígrafo contra el pupitre como quien manda un mensaje en código morse, balancearlo sobre un dedo, menear la pierna, frotarse la cara con la mano y estacionarla sobre la boca.  Solo podía preguntarme por qué necesitaban arriesgarse tanto, si ellos conocieron las preguntas –y las respuestas- una semana antes del examen.

¿El orgullo nacional?

Tal vez porque la “polla” ecuatoriana no es una práctica innovadora y mucho menos local. No es un orgullo nacional como la gaseosa en funda, porque no es casualidad que haya un nombre para el mismo papelito en cada país iberoamericano. Lo que en México se llama “acordeón” y en Chile “torpedo” es solo un símbolo de esos dos elementos que nos llevan a escribirnos letritas en los muslos, a fabricar porros de conceptos, bolígrafos con sorpresas: la inseguridad y la sed de adrenalina. 

Diseñar una polla toma más tiempo que leer, pero no nos fiamos de nuestra memoria ni de nuestra capacidad de comprensión. Y nos atrae tanto la idea de hacer algo prohibido sin ser descubiertos, de ser más listos que la autoridad, de vivir para rebasar por la izquierda, hacer triple columna y acelerar en la luz amarilla. Corregir lo primero es una tarea pendiente en los cimientos de nuestro sistema educativo. Corregir lo segundo es casi imposible.

 

Notas relacionadas