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Vecinos unidos para salvar y proteger el Hotel Quito


Juan Aulestia todavía recuerda aquellos días en los que para tomar el bus hacia su escuela caminaba por un chaquiñán que atravesaba un bosque. Apenas habían casas alrededor, además de la residencia de la Embajada Americana. Debía llegar desde Guápulo, en donde ha vivido desde siempre, hasta la avenida 6 de Diciembre y Colón. Esa zona arbolada que recorría a diario era la entrada y salida de su barrio. La Pata de Guápulo. Y ‘pata’, según Juan, significa ventana.

Más de 60 años después, en ese terreno privilegiado —con vistas al monte Auqui y al valle— se levanta el Hotel Quito. Sigue siendo la entrada a Guápulo y junto al edificio pasa la vía de acceso para llegar a la casa de Juan. Así que lo ve en cada salida que hace. Un recordatorio de pasado y presente. De sus caminatas de niño por el chaquiñán y de la lucha que ahora ocupa sus días.

Juan Aulestia hace de vocero del colectivo ‘Hotel Quito es Quito’, que oficialmente se constituyó hace cerca de 3 años. Este grupo, junto con la Comisión Nacional Anticorrupción está detrás de la denuncia que expone una serie de irregularidades en relación a la venta del hotel en 2016. En ese año el IESS, propietario del inmueble, lo vendió en USD 30.8 millones —una cifra que el colectivo califica de “irrisoria”—a la compañía China Road and Bridge Corporation (CRBC). Lo hizo a través de un proceso de desinversión pública de la empresa Quito Lindo S.A.

La denuncia fue presentada el 9 de diciembre de 2020 ante la Fiscalía General del Estado. En el expediente entregado a la Fiscal General, Diana Salazar, se advierte que en la venta del hotel identificaron al menos cuatro presuntos delitos incluidos en el Código Integral Penal (COIP). Entre los que están: enriquecimiento ilícito, enriquecimiento privado no justificado, peculado y asociación ilícita.

Icono de un proceso corrupto

Según Aulestia el caso tiene varios frentes abiertos que esconden ilegalidades. “El Hotel Quito viene a ser un ícono de un proceso corrupto. Una violación del patrimonio y de todas las normas constitucionales”, asegura el vocero del colectivo. Lo dice con conocimiento de causa porque ha participado en la elaboración del expediente, con pruebas y documentos incriminatorios, que entregaron a la fiscal.

No obstante, más allá de evidenciar la falta de transparencia y las anomalías detrás de la venta del hotel, la bandera del colectivo es la defensa del patrimonio cultural. Por eso buscan impedir a toda costa el desarrollo del proyecto inmobiliario que la empresa china tiene planeado construir en los predios. Se trata de tres torres de 36 pisos cada una, para lo cual necesitan derribar el ala sur del complejo hotelero.

La base para justificar el derrocamiento de esta parte del edificio es una ficha de inventario presuntamente adulterada para beneficiar los intereses de la empresa china. En concreto, una del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC).

En 2014 cuando el IESS vendió a la compañía Quito Lindo S.A., propietaria de hotel, el INPC elaboró una ficha en la cual se retira la protección del bloque sur y las cabañas. Un cambio que no consultó al Municipio de Quito que se encarga de entregar los permisos de construcción o derrocamiento de los inmuebles.

Adicionalmente, en el mismo año se aprobó la resolución C-250 de La Floresta mediante la cual se protegieron 168 bienes inmuebles y 158 predios, entre ellos el Hotel Quito. Como parte de esta disposición el Concejo Metropolitano aprobó una ficha de inventario que protegía todos los bloques de la edificación, incluidas el ala sur y las casitas. Es decir, en un mismo año se elaboraron dos fichas distintas: la del Municipio (a nivel municipal) y la del INPC (a nivel nacional).

Contra el apetito inmobiliario

De todas formas, la resolución C-250 funge solo como una reafirmación de su condición patrimonial. Desde 1998 el predio del hotel está incluido en los anexos de la declaratoria (que permitía agregar edificaciones al inventario) de Quito como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

— “¿Cómo se puede vender un patrimonio cultural”?, se pregunta Aulestia.
—“Es prácticamente imposible”, se responde.

No para el apetito inmobiliario. Los miembros del colectivo mencionan que no hay razones técnicas que justifiquen el cambio en la ficha del INPC.

Lo mismo piensa Florencio Compte Guerrero . Así consta en su columna publicada el 24 de marzo de 2021 en diario Expreso. En la misma que agrega que “su protección integral (del hotel) es necesaria y urgente, antes de que las ansias inmobiliarias lo destruyan”.

Contra este enemigo luchan los miembros del colectivo. Un grupo formado por asociaciones de 72 barrios de toda la ciudad. En 2019 eran aproximadamente 60 personas las involucradas y ahora están por sumarse alrededor 28 barrios más. Todos los implicados son voluntarios. Hay abogados, arquitectos y veedores que llevan décadas trabajando en la defensa del patrimonio.

“Es un colectivo bastante grande y diverso pero unido bajo el eje de la defensa del patrimonio cultural”, afirma Aulestia. Es que aunque —de acuerdo a la zonificación— el hotel pertenece a La Floresta, es punto de referencia e ícono para otros tres barrios más: la González Suárez, La Paz y Guápulo. Fueron los vecinos inconformes de estos sectores los que primero se alzaron para protestar ante la venta del inmueble.

Con el tiempo está coalición de barrios empezó a acumular adeptos. Se unieron, en sus inicios, asociaciones de La Mariscal, Bellavista y el Centro Histórico. Todos afectados por situaciones similares.

Dice Aulestia que el nombre escogido les sirve para evidenciar que “toda esta movida contra el Hotel Quito afecta a todo Quito, a toda la concepción de patrimonio cultural de la ciudad”.

Quiteños unidos por la defensa del patrimonio

Es la mañana del 9 de julio de 2019 y en un costado de la Plaza Grande una docena de personas realizan un plantón frente a las puertas del Municipio de Quito. Algunos sostienen un par de carteles y otros una bandera de la ciudad. Entre ellos está Rocío Bastidas. Una mujer de mediana edad, que viste una camiseta blanca, gafas y un sombrero amplio.

Ese día es la vocera del grupo, así que responde a las preguntas de los periodistas. Habla sin titubear. Con la confianza que le dan los aproximadamente 15 años que se ha dedicado a la defensa del patrimonio urbanístico de su barrio. Bastidas es vecina de La Floresta, además es veedora ciudadana de la Ordenanza 135 del Barrio La Floresta y parte activa del Comité Pro Mejoras y del colectivo ‘Hotel Quito es Quito’.

Durante el plantón de ese día de julio, ella y otros miembros de la coalición, pedían cuentas a las autoridades municipales por la situación del Hotel Quito. Asimismo, protestaban por la vulneración de la ley y las ordenanzas en relación a una construcción de tres torres frente al mirador de Bellavista. En la intervención a los medios Bastidas mencionó que incluso estaban involucrados en la lucha por el hundimiento de Solanda.

La contienda que han emprendido en estos últimos meses para transparentar los procesos irregulares en torno a la venta del hotel no es fácil. Bastidas lo sabe pero confía en la fuerza del grupo. Cuentan con el apoyo del Cabildo Cívico de Quito y con organizaciones de profesionales que quieren cambiar la cualidad del hotel como patrimonio amenazado por las inmobiliarias.

“Los quiteños estamos muy muy decididos por la defensa del patrimonio, ya sea cultural natural, urbano o arquitectónico”, expresa Bastidas. Y la ley está de su parte, ya que establece que está completamente prohibido vender bienes catalogados como tal.

Esta vecina de La Floresta conoce muy bien la información contenida en el expediente que entregaron a la Fiscalía y habla de que se tomaron decisiones medio oscuras y opacas. Dice que la denuncia “tiene unos elementos que son la suma de una serie de irregularidades en distintos campos que tienen que ver con el tema del patrimonio, de la venta y el fraccionamiento del predio”.

Sobre este último punto hace especial énfasis. Ella explica que la fragmentación de la construcción está siendo investigada —adicionalmente a la Fiscalía y a la Contraloría— por la Dirección de Catastros del Municipio. El objetivo es revisar en el marco de qué proyecto se autoriza el fraccionamiento de un predio patrimonial. Sobre todo de un bien considerado bajo una categoría de protección absoluta como es el hotel.

Una pieza fundamental para profundizar esta indagación y que puede hacer caer el resto de piezas es la ficha de inventario del año 1998 (modificada en 2014 para quitar la protección del ala sur). Desde el colectivo creen que dicha alteración pudo haberse producido durante la administración del entonces Ministro de Cultura, Paco Velasco.

“Esta demostrado que hubo una alteración”, asegura Bastidas. Explica que el sistema de registro de los bienes patrimoniales que son inventariados, una vez que ingresan toman una numeración y una fecha. Si se cambia una coma o un punto, cambia la numeración y la fecha y se registra quién lo hizo.

Los argumentos que se han dado para justificar el cambio en la ficha son —según Bastidas— “infantiles”. Alegan que la parte sur (que incluye la parte de ‘Las Casitas’) no son tan visibles y que lo que la comunidad únicamente visibiliza es la torre principal de seis pisos.

Uno de los mejores hoteles de Sudamérica

“Queridos, saludos desde Quito, 2.800m arriba en Los Andes. Aquí es temporada de lluvia, y partir de las 16:00 sirven el coctel en las nubes acompañado de una cascada de truenos. Por las mañanas el sol invita (…) El Hotel Quito debe ser el más bonito y moderno de Sudamérica….” Estas son las palabras que se leen en el reverso de una postal enviada desde Ecuador a Alemania Federal. No consta el año, sí la firma: ‘El Trotramundos’. Es un pedazo —antes perdido en el tiempo— de historia que se exhibe al inicio de ‘Hotel Quito Joya de Los Andes’.

La exposición organizada por el Colegio de Arquitectos de Pichincha (CAE-P) permanece desde febrero en el Museo Archivo de Arquitectura del Ecuador, como parte de la sección Objeto del Mes.

La postal es parte de un mosaico de imágenes y recuerdos colocados a un lado de la escalera en el segundo piso del museo. Hay un testimonio de una mujer para la que fue un sueño trabajar como telefonista allí.

Historias de viajeros que se hospedaron allí en décadas pasadas. Hay extractos de reportajes, como uno de ‘The New York Times’ escrito por Richard Magruder en 1968 en el que lo cataloga como uno de los mejores hoteles de Sudamérica. O el de la reportera germano-ecuatoriana Lilo Linke que rescata las técnicas ancestrales que utilizaron para su construcción.

Basta visitar la exposición para entender las razones que tienen los ciudadanos del colectivo, y todos aquellos que se oponen al derrocamiento de parte de su estructura, para defenderlo. Las pruebas de su cualidad de patrimonio arquitectónico y cultural están en ese recorrido circular que abarca decenas de imágenes —gran parte inéditas—, planos, secuencias cinematográficas, objetos que alguna vez estuvieron en sus paredes, interpretaciones artísticas inspiradas en sus formas…

Una colección de tesoros, que conforman la historia del hotel y de la ciudad, que no hubiesen visto la luz de no ser por la coyuntura. Es que, confiesa Andrés Núñez (curador de la muestra), la situación compleja en torno a su venta motivó al CAE-P a montarla para llamar la atención de la ciudadanía. Para recordar (nos) el estado de vulnerabilidad en la que se encuentra la edificación. La construcción tenía una protección temporal que lo amparaba y que venció a finales de marzo de 2021.

Núñez recorre la exposición como si fuera la primera vez que lo hace. Sin perder la emoción inicial. Se detiene y muestra unas pantallas en las que se suceden unas secuencias filmadas en el hotel. Se repiten una y otra vez: en una habitación, en la recepción, en los techos de ‘Las Casitas’ en donde tiene lugar una persecución. En otra escena aparece el famoso Julio Alemán, en la piel de Alex Dinamo —el James Bond mexicano—, conduciendo un auto. Frente a él se alza el hotel con su icónica visera. Son escenas de la película ‘S.O.S Conspiración Bikini’ (1967) dirigida por René Cardona Jr.

“Más allá de un edificio”

Porque la condición patrimonial de este complejo hotelero va más allá de su arquitectura, diseño y fachada. O de su belleza estética. Tiene que ver también con la memoria y el imaginario colectivo. Con su contenido social.

Lo explica de forma acertada Paco Salazar, urbanista, fotógrafo y vecino de la González Suárez que ha seguido de cerca su caso. Para él hay que entender al patrimonio desde la memoria y el recuerdo. Pero no de una forma estática. “Es lo que te deja el pasado para que armes tu futuro (…) Es esta memoria, esta historia que es fundamental que sirva para que tú te entiendas a ti mismo y construyas un futuro o inventes uno mejor”, interpreta. Así, cree que es importante entender al Hotel Quito en ese sentido.

“Creo que le hizo muchas cosas a la ciudad que lo convierten en un objeto muy valioso”, afirma Salazar. Y Núñez coincide con él. Ambos cuentan que las casas de los alrededores empezaron a emular su diseño moderno. Como una forma de romper con el estilo y concepto de vida colonial, según el urbanista.

Relata Núñez que “una vez se instala ahí el Hotel Quito este pasa a ser el barrio moderno de la ciudad. De ahí se dispara todo el desarrollo hacia el norte.” Al funcionar —explica además— se transforma en un polo de vida social y de desarrollo de nuevos negocios, más allá de la clase alta quiteña. A la par crece el turismo de manera dramática. “Todo a partir del Hotel Quito”, exhorta el arquitecto. Y su inercia se refleja en todo el país.

Para el curador no hay otro edificio en el país con tantas imágenes y postales. Una de estas fotografías llamó especialmente la atención de Paco Salazar. Es una instantánea de la zona de la piscina con los turistas asoleándose mientras vendedores de ponchos se pasean entre ellos. Esto evidencia —afirma— el papel importantísimo que tenía este lugar para integrar comunidades, en la convivencia de diferentes y en la construcción de relaciones sociales. “Es más allá de un edificio”.

Descubrimiento casual

El CAE-P se han involucrado de lleno en el rescate de este bien patrimonial. Contactaron a Andrés Núñez, ya que hizo su tesis de grado sobre los inicios de la arquitectura moderna en el país, para argumentar la corrección de la ficha patrimonial INPC y le propusieron después ser curador de la muestra.

Montar la exposición ha sido un trabajo de detectives. Meses de buscar, preguntar y hurgar. De contactar a expertos, diseñadores, historiadores y fotógrafos. Entre los archivos fotográficos que conforman la exposición está el Salazar Barrera, del padre de Paco. Para él el hotel “es un libro de historias de contenido que todavía no hemos leído suficiente como para agotarlo”.

El descubrimiento que hicieron Núñez y su equipo durante sus pesquisas le da la razón. Casi escondido en un extremo de una imagen en blanco y negro de la recepción aparece enmarcado lo que parece ser un Premio Ornato. Un dato que se desconocía —como si alguien hubiera tenido la intención de borrarlo de la historia— sobre el hotel. Gracias a una búsqueda posterior en un archivo de hemeroteca pudieron confirmarlo: el complejo había recibido dicha distinción el 25 de mayo de 1961. Este reconocimiento, dice Núñez, les da a los edificios cierto grado de protección.

Con respecto a la alternación en la ficha realizada en el año 2014 argumenta que la ordenanza dicta que la protección recae sobre los predios en su totalidad y no sobre las edificaciones.

Otro detalle en contra del argumento que permitiría el derrocamiento está en los planos arquitectónicos del hotel. El corte cenital muestra una construcción en forma de serpiente. O de cordillera. Así lo pensó Charles McKirahan, el arquitecto estadounidense a cargo de su construcción. “Tenía un guión muy bien estudiado”, dice Núñez. Es que de una “manera muy acertada porque las metáforas suelen ser peligrosas” diseñó un hotel con la síntesis de lo que es Ecuador.

El Club La Playa (la zona de la piscina, en la que la neblina se cuela en las mañanas y las tardes y se extiende como si fuera un vasto océano) representa la Costa. Después se representa a la Sierra y sus Andes con la construcción en forma de cordillera y elevando el terreno con unas terrazas que simulan paredones cañaris. La Amazonía se encarna en los selváticos jardines y en ‘Las Casitas’ inspiradas en bungalós.

“Se trata de un proyecto muy cuidado, muy delicado”, defiende el curador de la exposición. “Cercenarlo sería criminal”. Más cuando en Estados Unidos existen al menos nueve proyectos de McKirahan que tienen diferentes grados de protección patrimonial. Son edificaciones intocables. “El Hotel Quito merece el mismo grado de protección”, escribe Mauricio Luzuriaga, arquitecto experto en las obras de McKirahan en una publicación de Facebook.

Un reto ciudadano

Las ciudades que son ejemplo del cuidado del patrimonio tienen un atractivo especial. Así lo cree la concejal de Quito Luz Elena Coloma, implicada también en la defensa del hotel. “En la exposición del Colegio de Arquitectos se puede apreciar su esplendor y lo que significó para la capital”, expresa y considera que la idea de resguardar los bienes de este tipo es que puedan preservarse y al mismo tiempo revalorizarse. Que tengan un rol en el mundo contemporáneo, darle valor a su entorno y no simplemente derrocar y construir otro edificio en su lugar.

Los procesos opacos y las irregularidades en torno a la venta del Hotel Quito han generado indignación y ansias de justicia. Para la vecina de La Floresta Rocío Bastidas se trata de una cuestión de sentido común y de pertenencia. Ella ha asumido esta contienda como un reto ciudadano que permita “que se llegue a la verdad y se juzgue de acuerdo a lo que manda la ley”.

Pero está polémica también ha acarreado destellos de luz. Ha traído al presente pedazos de historia olvidados. Recuerdos que se vuelven vívidos. Juan Aulestia quiere salvar el Hotel Quito por la belleza del sitio. Porque sigue viendo allí el bosque que atravesaba cuando era niño para ir a la escuela. “Su construcción no fue una agresión como lo son los edificios que se ubican al frente”, zanja. Este vecino de Guápulo tiene motivos más profundos. Dice que se ha sumado a la lucha por su necesidad como ecuatoriano de romper ese proceso colonial y “evitar que gente ignorante destruya nuestro proceso histórico”.

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Escrito por Gabriela Balarezo

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